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Miedo a tu ternura


En estos días de sepulcral silencio me encontré con mi música interna, esa que sale de alguna parte y te abruma. Unas campanadas suaves, sonidos de violín y piano que se conforman en trémulas notas, menores tristes y escalas lluviosas, con agua de cielo que cae a un ritmo al unísono por horas. Movimientos sombrios sin instrumental. 
Las ventanas estaban vacías, no habían animales en el cielo ni en la tierra perceptible, eran las tres o las cuatro de la tarde, no recuerdo. Solo recuerdo la historia de ella, la chica de la portada en un periódico de antaño, que reflejaba la noticia de una desaparición. Ojos hermosos y cabello ondulado, casi pude sentir su olor, pero qué más; por lo que decía la nota nunca la encontraron con vida, suponen que los huesos fueron mezclados con el mortero y piedras en la construcción de la capilla del pueblo. Mi abuelo contaba esa historia en las noches previas a Semana Santa, cuando los nietos nos reunimos en la parte de la entrada de la cocina, cerca del horno de leña haciendo pan, pan casero de maíz, esponjoso con una coraza crujiente que al hundirlo en el chocolate espumoso se convertía en una fórmula ganadora. 
Mis recuerdos vuelan, mi alma recorre esos pasillos sin intención, me llevan de la mano entre el universo, sigue esa música de piano, esos violines tristes como querubines que lloran la muerte de su Dios en el sábado de gloria. Es impredecible el aparecer de la música, ya estoy en el bosque, donde se supone que enterraron parte de sus restos después de sacar otra parte de ellos de las bases de la capilla. 

Es tarde, lo sé, pero creo que no sacaré la música de mi cabeza. Al regresar por el camino posterior del pueblo que lleva hacia su final veo la luna y por alguna razón los perros no me siguen. Se alejan con rostro que interpretó como miedo, pareciera que traigo algo encima que no los deja estar tranquilos. Lo sé los que están dentro de sus casas lloran y rascan las puertas de madera, desesperados, pero ninguno aúlla. La luna sigue iluminando la noche. Escasas nubes están acá cubriendo el pueblo. Sigue atormentando a las almas perdidas la historia de la chica muerta. Ninguno de los ancianos la conocía, en la hemeroteca simplemente se limitaban a decir que había llegado de oriente y trabajaba para la señora Thorney en la fábrica de guantes de lana, esto por declaraciones del señor William Zjash el encargado de la pequeña morgue del pueblo Mayor.

Después de mucho el señor William aún vivía en el pueblo. Ya casi sin vista y caminando con pequeños pasos lo sacaban a la orilla de la puerta para que calentara sus piernas con el escaso sol que se podía disfrutar en invierno. El señor William la recordaba como una chica alegre, le gustaba pasear donde estaban las ovejas de la fábrica de guantes de lana. Pero algo se apoderó de su memoria. Le cambió el rostro, ¿cómo no lo pude ver? Tantos años guardando esos recuerdos. El ayudante del pastor que cuidaba a las ovejas salió corriendo hacia la salida de la fábrica, era un chico apuesto, hábil pero irrespetuoso y en algunas ocasiones irresponsable. Él era al único que no le habían puesto mucha atención. Ella ese día salió corriendo, no se quedó mucho tiempo en la granja.
Su nombre era Patric. Tendría unos 17 años, lo había dejado su madre a cargo de su abuela. Pero ella furiosa por el abandono del niño lo dejó con la familia del pastor. Patric siempre gusto de las chicas mayores a él. Le encantaban sus pechos rebosantes.
El día de la muerte nadie más la vio. Lo que nadie dijo era que tenía costumbres ajenas al pueblo. La madre de la chica había muerto junto a unos cabros adorando a los espíritus de la oscuridad. En su interior siempre sentía el llamado de la oscuridad, en algunas ocasiones se decía que la encontraron con espuma en la boca hablando lenguas extrañas, con la vista perdida, otras veces buscando algo en el suelo o en el cielo.
De la gente del pueblo no supe más. Pero en el pueblo vecino, hacia el norte, había una historia que le contaban a los niños en vísperas de navidad. Era sobre la bruja que habían destruido en antaño. Ahora sé porque no obtuve información de aquella muerte. Todo el pueblo estaba involucrado.


P.S. Encontré una carta perdida en el correo del pueblo y en ella decía que más de alguno la acusaba de que fingía sus orgasmos, había una larga lista de hombres y mujeres que les temía. Ya sabía que la quería eliminar.
Después te contaré que más decía la carta.

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