No sabía quién lo había dibujado con tantos defectos. Era de grafito. Y en su título decía papá. Con colores de cera se había acostumbrado a tener la cara rayada. Con ropa holgada y un bigote falso se presentaba para cada día del padre. De lo que se había dado cuenta era que no tenía corazón. Busco en el bote de la basura. Encontró diferentes objetos en los retazos. Un lápiz gastado, retazos de colores. Se hizo un corazón rojo, pero no encajaba. Era muy rojo además no latía, como le había contado una taza.
-El corazón late con la sincronía de un reloj.-
Se había decepcionado luego del intento número 4,512. De romper muchas cosas y maldecir. Estaba triste, pero al no tener un corazón pensaba que no le dolía tanto. En ese momento pensaba que era una ventaja. Por un tiempo dejo esa idea loca de buscar un corazón.
No era feliz, pero tampoco lo necesitaba para vivir. Saludaba a todos y ocultaba algo en esa mirada con ojos aguados. Se inscribió en la escuela de natación, también por la tarde aprendió un nuevo idioma, corría a todas partes para llenar ese vacío que el niño o Niña que lo creo no había terminado.
En una cartelera encontró un afiche que decía: “corazón de melón”. Sin pensarlo robo el dibujo y emprendió la huida. Corrió como loco por toda la ciudad, se escondió debajo de la cama y estiró el papel que por un descuido había arrugado. Lo vio, se volvieron grandes los ojos, suspiró. Por fin había encontrado algo que le hacía falta sin pedirlo. Lo coloco en el lugar vacío y encajaba. Cual fue su sorpresa. Latía. -¡Late!!- gritó con tal fuerza, que por un instante al poner atención lo escucharon las arañas tejedoras, los escarabajos del jardín y las cucarachas de la cocina. Estaba orgulloso de su descubrimiento, de su insistencia, de su persistencia hasta ese momento, y algo mágico llegó a su nariz, ese olor frutal y brutalmente delicioso. Se transportó a un huerto bañado por un sol cálido y amoroso, colocando sus pies en la tierra fecunda, hundiendo sus dedos en su suavidad imaginando cómo las raíces penetraban dicha tierra y absorbían el agua de la lluvia. Refrescante baño de encanto. Tomó su manos y las coló en su pecho, ese dolor valió la pena, y cada Día del padre se celebró sin él.
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