La luz, que entra por las ventanas gira rápidamente mezclándose con el ruido de todo el vagón, el metal chocando ligeramente con el plástico sumando un sonido característico que mese en un largo trayecto. Ya era pasado de las tres de la tarde. No viajaba mucha gente, para eso faltaban dos horas, la congestión casi se hacia esperar, la suciedad y el ruido, el polvo de los zapatos extenuados, el sudor de una tarde laboral, los alimentos casi deglutidos en una prisa estrepitosamente programada en el subconsciente.
Magdalena miraba hacia el horizonte, pero no en realidad, ella estaba tan sumida en sus voces y fantasías que no importaba que fuera, no soltaba su atención. inclusive llegaba a soltar pequeñas risas y palabras al aire. En su regazo se encontraba la soledad, las voces que le indicaban que aquella relación no iba nada bien se hacían más fuertes desde hace dos meses. Los indicios aparecían unas veces, y otras eran puras suposiciones enmarcadas en un pasado doloroso. Era un mar de incertidumbre en donde la congoja era la capitana y reina del barco que se dirigía indiscutiblemente al naufragio.
Vi a Magdalena en el mismo vagón y a la señora de los gatos, lo se, lo vi en su mirada (que pendejada). - ¡No! lo vi en sus zapatos aruñados y su ropa llena de pelo de distintos colores, unos pardos, otros blancos y algunos negros escondidos en su pantalón. Por cosas del destino me contó que dejo uno de sus tres trabajos y que ahora se sentía aliviada, por una parte. En su mente pasaba cuanto tiempo tenía para sus gatos y demás. Solo los tenía a ellos. Trabajo mucho toda su vida, estudió el doble para llegar a sonde estaba aunque no era suficiente, supero las insinuaciones y en algunas ocasiones los roces que terminaban en sexo con sus jefes para poder subir de puesto, pero eso hizo que rechazara completamente la idea de una pareja. Lo que le quedaban eran sus gatos. Supero la depresión después de la muerte de su madre, y quienes quedaron después que se fueron sus amigos más cercanos fueron los gatos. Al principio tomaron bandos, pero luego se fueron queriendo, al que no quisieron fue al perro que vivió alguna temporada con ellos. La "Marquesa", como le decían en la cuadra, funcionó como hogar temporal para perros en contadas ocasiones, ya que los gatos les hacían pasar ratos amargos. se escuchaban sus quejidos por las noches.
Al cambiar de tren, al que se dirigía a la ciudad de México se desconcertó y decidió que no quería vivir así, se hizo pasar por alguien nuevo, por una nueva persona. Magdalena tomo un vuelo a Europa con la chica que apenas conoció y se dio cuenta que tampoco ese sería el camino. Antes que se detuviera por segunda vez, Ramiro (su nuevo yo) ya había abandonado esa posibilidad.
Minerva, la señora de los gatos, algún día pensaba que habría pasado si le hubiera hecho caso al enfermero nuevo con aspiraciones a modelo que roto en el intensivo aquella vez que le pidió su número, que la invito a salir. Pensó que sería mala idea. que iban a decir sus amigas. Pero ahora ya no estaban sus "amigas" y el tren en su ir y venir traía esos recuerdos decadentes. Se le revolvía el estomago, como en esos días de cruda después de alguna fiesta de inicio o fin de rotación donde se le pasaban el número de copas. Era una explosión de recuerdos. Los chismes de la cirujana que se metía con medio mundo, se entero que tenía una hija. ¿Sera feliz? ¿Le habrá costado mantener a la niña y educarla al mismo tiempo? Se recordaba que era algo enfermiza cuando se trataba de trabajo y sexo.
Ya era hora de bajar del tren. La realidad golpeaba la puerta y el sonido de una explosión y hierros retorciéndose también. las manos que salían junto a la cabeza cercenadas del único pasajero del vagón 17, el accidente quedó en las cámaras de seguridad para los ojos fantasiosos y morbosos de un publico sospechosamente diabólico.
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