Luego de mucho tiempo Crisóstomo caminaba por senderos largos y lejanos en la montaña de 7 orejas, pastoreaba a las vacas de su abuela; era huérfano desde los 8 años. Tenía que cruzar el río Negro, tal como algún día sus padres cuándo perdieron la vida en un evento natural desafortunado. Un día mientras ponía la leña en el horno para preparar el pan oyó una historia que le intereso. La historia de la corona de la muerte. Un rey desapareció durante décadas, convertido en animal. Era don de algunos y maldición de quien no pudiera dominar el arte de la transformación. A su regreso era dominado por una sabiduría aguda, se dejaba ver que era milenaria contenida en un cuerpo mortal. Escondida entre las plumas de su cabeza descansaba un objeto de material brillante con adornos de jade. Su reino floreció, y cuando estaba en su esplendor su vida fue arrebatada por los pobladores del Norte, donde su amo era una serpiente alada. Se desbarato su legado y se perdió en el infinito sus cenizas.
A Crisóstomo le gustaba visitar una cueva que en su fondo se escuchan cantos de aves y el murmullo tranquilizador del agua. Se preguntaba cómo podría existir vida en ese fondo oscuro, cuando quería pensar sólo apagaba la vela que llevaba. Todo a su alrededor se volvía oscuridad, sus ojos se convertían en aparatos obsoletos. El agua cayendo en múltiples formas, gotas tlin, tlin, tlin, pequeños y cíclicos chorros, flu, flu, flu, que en época de lluvia desaparecen y se convierten en caudales que caen con la gracia de señores intempestivos, un brum continuo, brum de agua entre roca, brum de muerte y vida.
En medio de la oscuridad escuchó pequeños pasos, lo rodearon, no sintió miedo pero si curiosidad. Era un animal pequeño, del tamaño de su antebrazo donde colgó por un momento. Se sentía su respiración tranquila sin esfuerzo, luego se convirtió en piedra y tierra que entre sus manos se desmoronó y encontró dentro del animal un objeto que parecía un pequeño arco. Salió rápidamente de la cueva con la vela encendida en su mano izquierda y escondida en su morral un objeto dorado.
Quiso regresar a la tarde siguiente para encontrar los restos de piedra y polvo, pero no encontró el camino sino hasta una hora seguida del día anterior. Durante dos semanas antes y después de la luna nueva era visible el sendero dentro de la cueva. No podía bajar cuando la luz de la luna estuviera ausente.
En el fondo, la voz repitió Ixmucané, era lógico así como formó la vida con el maíz de sus manos así podría regresar a solicitar cada una para formar la maza original. Ixmucané, dueña de la corona de oro ardiente y jade.
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